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Poeta en Nueva York (1929 - 1930)

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Lorca, "Autorretrato", "Poeta en NUEVA YORK"

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Dos fragmentos de odas Alvaro de Campos




Dos fragmentos de odas Alvaro de Campos




(FINALES DE ODAS, NATURALMENTE)


video


I




VEN, NOCHE, antiquísima e idéntica,
Noche Reina nacida destronada,
Noche igual por dentro al silencio, Noche
Con estrellas lentejuelas rápidas
En tu vestido orlado de Infinito.

Ven, vagamente,
Ven, levemente,
Ven solitaria, solemne, con las manos caídas
A tu lado, ven
Y trae los montes lejanos al pie de los árboles cercanos
Funde en un campo propio todos los campos que veo,
Haz de la montaña un solo bloque de tu cuerpo,
Bórrale todas las diferencias que noto a la distancia,
Todos los caminos que la escalan,
Todos los árboles diversos que crean un verde-oscuro de lejos.

Todas las casas blancas y con humo entre los árboles,
Y deja sólo una luz y otra luz y otra más,
En la distancia imprecisa y vagamente perturbadora,
En la distancia súbitamente imposible de recorrer.
Nuestra Señora
De las cosas imposibles que buscamos en vano
De los sueños que vienen a nosotros al crepúsculo, en la ventana.
De los propósitos que nos acarician
En las grandes terrazas de los hoteles cosmopolitas
Al son europeo de las músicas y de las voces cercanas y lejanas,
Y que duelen porque sabemos que nunca los realizaremos…
Ven, y envuélvenos,
Ven y acarícianos,
Bésanos silenciosamente en la frente,
Tan levemente en la frente que no sepamos que nos besan
Sino por una diferencia en el alma.
Y un vago sollozo partiendo melodiosamente
De lo más viejo de nosotros
Donde tienen raíz todos esos árboles maravillosos
Cuyos frutos son los sueños que acariciamos y amamos
Porque los sabemos ajenos de lo que hay en la vida.

Ven solemnísima,
Solemnísima y llena
De unas ganas ocultas de sollozar
Tal vez porque el alma es grande y la vida pequeña,
Y todos los gestos no salen de nuestro cuerpo
Y sólo alcanzamos hasta donde llega nuestro brazo,
Y sólo vemos hasta donde llega nuestra mirada.
Ven, dolorosa,
Mater Dolorosa de las Angustias de los Tímidos,
Turris Ebúrnea de las Tristezas de los Despreciados,
Mano fresca sobre la testa enfebrecida de los humildes,
Sabor de agua sobre los labios secos de los Cansados.

Ven, de allá del fondo
Del horizonte lívido,
Ven y arráncame
Del suelo de angustia y de inutilidad
Donde vegeto.
Arráncame de mi suelo, margarita olvidada,
Hoja por hoja lee en mí no sé qué señal
Y deshójame a tu gusto,
A tu gusto silencioso y fresco.
Una de mis hojas lánzala al Norte,
Donde están las ciudades de Hoy que yo tanto amé;
Otra hoja mía lánzala al Sur,
Donde están los mares que los Navegantes abrieron;
Otra hoja mía arrójala al Occidente,
Donde arde al rojo vivo todo lo que tal vez sea el Futuro,
Que yo sin conocer adoro:
Y otra, las otras, el resto de mí
Arrójalo al Oriente,
Al Oriente de donde viene todo, el día y la fe,
Al Oriente pomposo y fanático y caliente,
Al Oriente excesivo que yo nunca veré,
Al Oriente budista, brahmánico, sintoísta,
Al Oriente que tiene todo lo que no nosotros no tenemos,
Que es todo lo que nosotros no somos,
Al Oriente donde – ¿quién sabe? – Cristo tal vez todavía hoy viva,
Donde Dios tal vez exista realmente y gobierne todo…

Ven sobre los mares,
Sobre los enormes mares
Sobre los mares sin horizontes precisos,
Ven y pasa la mano por el lomo de la fiera,
Y cálmala misteriosamente,
¡Oh domadora hipnótica de las cosas que se agitan mucho!

Ven, cuidadosa,
Ven, maternal,
Paso a paso enfermera antiquísima, que te sentaste
A la cabecera de los dioses de las fes ya perdidas,
Y que viste nacer a Jehová y a Júpiter,
Y sonreíste porque todo te es falso e inútil.

Ven, Noche silenciosa y estática,
Ven a envolver en la noche, manto blanco
Mi corazón…
Serenamente como una brisa en la tarde leve,
Tranquilamente como un gesto materno acariciando,
Con las estrellas brillando en tus manos
Y la luna máscara misteriosa sobre tu cara.
Todos los sonidos suenan de otra manera
Cuando tú vienes.
Cuando tú entras bajan todas las voces,
Nadie te ve entrar.
Nadie sabe cuando entraste,
Sino de repente, al ver que todo se recoge,
Que todo pierde las aristas y los colores
Y que en el alto cielo aún claramente azul
Ya creciente nítido, o círculo blanco, o mera luz nueva que viene,

La luna comienza a ser real.


II
 

¡Ah el crepúsculo, el caer de la noche, el encenderse de las luces en las grandes ciudades
Y la mano de misterio que ahoga el bullicio,
Y el hartazgo en nosotros que nos corrompe
Para una sensación exacta y precisa y activa de la Vida!
Cada calle es un canal de una Venecia de tedios
Y qué misterioso el fondo unánime de las calles,
De las calles al caer la noche, ¡oh Cesário Verde,
Oh Maestro,
Oh del Sentimento de um Ocidental!

¡Qué inquietud profunda, qué deseo de otras cosas,
Que ni son países, ni momentos, ni vidas,
Qué deseo tal vez de otros modos de estados de alma
Humedece interiormente el instante lento y lejano!

Un horror sonámbulo entre luces que se encienden,
Un pavor tierno y líquido, apoyado en las esquinas
Como un mendigo de sensaciones imposibles
Que no sabe quién se las puede dar…

Cuando yo muera,
Cuando me vaya, vilmente, como toda la gente,
Por aquel camino cuya idea no se puede encarar de frente,
Por aquella puerta a la que, si pudiésemos asomar, no nos asomaríamos
Para aquel puerto que el capitán del Navío no conoce,
Sea a esta hora digna de los tedios que tuve,
A esta hora mística y espiritual y antiquísima,
A esta hora en que tal vez, hace mucho más tiempo del que parece,
Platón soñando vio la idea de Dios
Esculpir cuerpo y existencia nítidamente plausible
Dentro de su pensamiento exteriorizado como un campo.

Sea a esta ahora en que me llevéis a enterrar,
A esta hora que yo no sé cómo vivir,
En que no sé qué sensaciones tener o fingir que tengo,
A esta hora cuya misericordia es torturada y excesiva,
Cuyas sombras vienen de cualquier otra cosa que no son las cosas,
Cuyo pasaje no roza vestidos en el suelo de la Vida Sensible
Ni deja perfume en los caminos de la Mirada.

Cruza las manos sobre la rodilla, oh, compañera que no tengo ni quiero tener.
Cruza las manos sobre la rodilla y mírame en silencio
A esta hora en que no puedo ver que tú me miras,
Mírame en silencio y en secreto y pregúntate
– tú que me conoces – quién soy yo…




30-6-1914





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